umbral

15ª Bienal de Artes Mediales de Santiago

[MNBA]

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Imperceptibles fisuras por donde se filtran imágenes, sonidos y materialidades proponen un recorrido cercano a una pequeña peregrinación. Llantos de lactantes, rayos de sol, memorias fílmicas y audiovisuales del pasado, superposiciones de imágenes fijas y en movimiento, roqueríos y hundimientos, iconografías de la muerte y la revuelta, y por último, la confrontación con nuestros propios males, inspiran un repaso sensible de una historia sin versiones concluyentes.

En el hall del museo, la obra de Alfredo Jaar incuba los gritos de bebés, evocando el dramático momento de la entrada al mundo, uno de los primeros umbrales que atravesamos como humanos y prototipo, tal vez, de todos los que atravesaremos de manera individual o colectiva, en momentos de paz o de sobrecogedora inquietud.

En una de las esquinas, reaparece Claraboya de Gordon Matta-Clark, realizada en 1971. La intervención atraviesa el museo permitiendo que un rayo de luz viaje desde el techo hasta el suelo, haciendo sensible una membrana no explorada en el diseño original del edificio.

La Sala Norte está dedicada a la obra de Alicia Vega y sus talleres pedagógicos de cine para niñas y niños. Su trabajo apela a la no formalidad de la enseñanza en contextos sociales, evocando la actitud de transferencia libre de conocimientos para la realización de cine como un acto de apropiación social de nuestro entorno.

A continuación, las Diarios de viaje del Festival Franco Chileno de Video Arte presentan un testimonio del movimiento humano y su registro desde una narrativa experimental, donde el video asume una condición poética. La selección, realizada por el director del encuentro, Pascal-Emanuel Gallet, conmemora sus 40 años, y se convierte en una especie de espejo reflectante de un pasado cercano, donde las narrativas de artistas chilenos y franceses fijaron relatos, paisajes y etnografías fundamentales para comprender el inicio de los medios audiovisuales en el país.

Imágenes fijas y en movimiento conforman un espacio inmersivo propuesto por la dupla de Carolina Adriazola y José Luis Sepúlveda, donde las fuentes de emisión de las proyecciones son piezas escultóricas que evidencian un revés de la trama. Las imágenes se instalan como recuento de una memoria expandida, donde pasado, presente y futuro se confunden para desordenar la linealidad narrativa, conveniente a los fines de las historiografías hegemónicas.

El hombre sin imagen de Enrique Ramírez retrata un cuerpo que flota bajo el mar, luchando con la vela de un barco en un gesto que bordea la danza. Imágenes evocativas e hipnóticas son interrumpidas por el sonido y luz de un televisor que muestra piedras chocando contra un muro de fierro, registros realizados en octubre de 2019 por el artista. Como contrapunto, la obra de Catalina AndonieFutura – proyecta una luz que raya los muros de la muestra. Elemento de advertencia, cuya función habitual es señalar la existencia del límite entre la tierra y el mar, el roquerío o el peligro, la reconstitución alegórica de este faro convoca a evaluar la relación personal y colectiva con el viaje, un desplazamiento que incluye entre sus perspectivas la posibilidad del accidente. El faro y el video del naufragio evocan imágenes fuertes del hundimiento colectivo que nos acecha, y permiten reflexionar el impacto y los efectos de las luces que nos guían.

La aparición del rostro de Mónica Echeverría, activista de la palabra y la acción, vincula el discurso de las obras con la transformación social de Chile. Su rostro enfrenta el de Clotario Blest, quien, con los brazos abiertos, mira el de Echeverría. Las imágenes construyen el diálogo póstumo de dos pilares fundamentales del activismo político. Cristian Inostroza trae desde la calle una escultura de bronce como negativo de una barricada incendiada en noviembre de 2019. El objeto contextualiza los elementos propios de la lucha social e instala la perspectiva de una transformación que se cifra en la posibilidad de superar el interregno. 

La sala se potencia con Proposiciones para (entre) cruzar límites de Lotty Rosenfeld, un registro en tránsito de pasos fronterizos que se han vuelto zonas de tensión y dolor. La frontera entre Chile y Argentina, como la que fuera en otro momento un punto de quiebre entre Alemania Oriental y Occidental, se superpone sonoramente a los límites de las señales de radio de onda corta, dando de una poética audiovisual que construye territorios de activación política. 

El recorrido de la nave sur termina en Todos los males del Mundo, del cineasta de Raúl Ruiz, donde convergen los aspectos más icónicos de la religión occidental. Capilla, iglesia, claustro, confesionario, son elementos transmutados en un lugar común, donde habita tanto la posibilidad de conexión con lo divino, como de redención de los pecados que componen todos los males de nuestro mundo. Con su mordaz teatralidad, la obra cierra el recorrido proponiendo un espacio para pensar e imaginar lo que dejamos atrás.  

En el pasillo que une el Museo Nacional de Bellas Artes y el Museo de Arte Contemporáneo, una instalación sonora de La Oficina de la Nada, espacializa el discurso de la obra literaria Umbral de Juan Emar, segmentado en cinco zonas, que corresponden a cada uno de los pilares conceptuales del libro. El tránsito entre museos es acompañado por una masa sonora, marcando la membrana o interfaz que los une y divide. En el espacio limbo que permite el tránsito entre las instituciones, ocurre por un lado la fusión, por otro la fractura. El pasillo material se convierte así en un espacio psíquico que evoca la identidad nacional, representada como un pasaje o una entidad en flujo plagada de tensiones.

El Museo Nacional de Bellas Artes alberga parte de la exhibición Umbral Museos.

Obras en exhibición en [MNBA]